jueves, 10 de febrero de 2011

"¡LAS MAMÁS SON PARA LOS NIÑOS!

-gritó al borde de las lágrimas-. ¡Y él no es un niño!.
Felisa no podía seguir escuchando aquello. Este diablejo tenía la virtud de conmover sus fibras más sensibles. Desde el primer día tuvo esa virtud. Y esta pelusilla endiablada, estos celos que ahora aparecían le llenaban el alma de mayor dulzura que la más apasionada declaración de amor.
-¡Mira el galán que me ha salido a deshora! ¡No puedo escucharte más! ¡Ven aquí que te coma a besus! ¡Ven aquí!.
Perico, zalamero, se acercó, regaloneando, como un gato malcriado y se dejó abrazar y besar. En aquel punto, en ese instante y no otro, vivió sin saberlo uno de esos momentos cruciales en que el destino juega con el de los humanos al cara y cruz de toda una existencia. El pavaroso azar del que depende el rumbo de una vida echó al aire los dados y en el aire estaban cuando sonó una voz:
[...]
Y levantóse Felisa; y cayeron los dados hasta entonces en el aire; y salióse la guardesa del establo sin acordarse de Perico; y fuese el chico tras ella lloriqueando, y se burló un soldado... y le tiró una piedra... y se cerró una página que merecía haber sido escrita, y que ya, por siempre jamás, quedaría sin escribir.
Desalojó Perico el invernadero, sonóse los mocos, tragóse las lágrimas, requirió a Trespatas, y echándose el hatillo al hombro, reanudó su camino."

"LA BRÚJULA LOCA", Torcuato Luca de Tena